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PUNTO DE ENCUENTRO

Integración de América del Sur y la globalización

EMERGENCIA CHINA. Positiva para la proyección internacional de AL. -WNA-

La CGT hizo entrega a la Presidenta del documento aprobado por 102 gremios, en el Congreso realizado en Obras Sanitarias el 3 de octubre

La integración de los países miembros del Mercosur y, en un sentido más amplio, de América del Sur, se despliega en varios planos.

 

 

Existen cuestiones que sólo tienen resolución dentro de cada espacio nacional y son indelegables a la esfera regional. Tales, por ejemplo, las políticas sociales –para elevar el nivel de vida– y las macroeconómicas, para abrir espacios de rentabilidad que fortalecen la competitividad e impulsan la inversión y el empleo. Cuanto más exitosas sean las políticas internas de desarrollo e inclusión social más amplias son las fronteras de la integración.

La integración es una combinación virtuosa de fuerzas del mercado y políticas públicas y también depende del realismo de sus reglas del juego. Éstas deben distribuir, con equidad, los beneficios de la aplicación de la ciencia y la tecnología, es decir, del desarrollo.

Esto implica la formación de economías nacionales, relacionadas entre sí y con el orden mundial, a través de la división internacional del trabajo basada en la especialización intraindustrial. Es decir, las reglas del juego de la integración deben ser compatibles con el pleno desarrollo de todos y cada uno de nuestros países.

Es preciso, entonces, tomar nota de la situación particular de cada uno y de las asimetrías de dimensión y de nivel de desarrollo.

La clave del éxito de la integración no radica en la delegación de soberanía a órganos supranacionales comunitarios sino en la construcción solidaria de la soberanía que nos falta en la ciencia y la tecnología, el desarrollo industrial y la inclusión social.

La experiencia de la Unión Europea alcanza para demostrar cómo la cesión de soberanía termina subordinando a las partes más débiles al poder hegemónico de las más fuertes. Mucho peor, cuando en el régimen comunitario, como sucede en la Unión Europea, prevalece el paradigma neoliberal.

La integración consiste, entonces, en la complementación de las soberanías nacionales a través de reglas realistas de la integración.

La adecuación de las reglas del juego de la integración para responder a las asimetrías y a los cambios en las realidades nacionales es imprescindible para su éxito. De allí la vigencia de reglas graduales, flexibles y equilibradas, como fueron establecidas en los acuerdos bilaterales de integración entre la Argentina y Brasil durante los gobiernos de Alfonsín y Sarney.

Es claro que las adaptaciones no pueden ser discrecionales y deben surgir de negociaciones entre las partes, para preservar la máxima estabilidad posible de las normas. Pero un sistema inflexible, si entra en conflicto con objetivos irrenunciables de los países, se rompe.

El factor fundamental que caracteriza la división del trabajo y el conjunto de las relaciones entre economías tan asimétricas como las nuestras es la estructura productiva comparada, no la dimensión.

En el caso de los países emergentes de Asia, como la República de Corea, Taiwán y Malasia, la vecindad con dos gigantes, como la India y China, no es obstáculo alguno al pleno desarrollo industrial y tecnológico de los mismos.

En consecuencia, las diferencias actuales de dimensión de las economías no deben inducir a la suposición de que el destino de la integración es reproducir, en el espacio regional, una relación centro-periferia, entre un centro industrial y una periferia principalmente proveedora de alimentos y materias primas. El mejor socio es el plenamente desarrollado.

Tenemos así por delante el desafío de construir una relación viable, mutuamente conveniente, para lo cual es necesario profundizar el desarrollo industrial y tecnológico, integrar las cadenas de valor de la producción primaria con la participación creciente de componentes provenientes de nuestro propio acervo, impulsar el protagonismo de las empresas nacionales y regionales para el acceso conjunto a los mercados internacionales.

Debe atenderse, en particular, a través de acciones conjuntas, el desarrollo de los países hermanos de menor tamaño y desarrollo.

La programación del desarrollo industrial en áreas importantes como, por ejemplo, celulosa y papel, es una forma de vincular los intereses de nuestros países. Si, por ejemplo, hubiéramos desplegado esta posibilidad a tiempo en el Mercosur, habríamos evitado los dolores de cabeza provocados por las instalaciones de la pastera de Fray Bentos.

Por último, la integración se proyecta al escenario global, a través de la concertación de posiciones conjuntas en los foros multilaterales como el G-20, la OMC, el FMI y las negociaciones con los Estados Unidos, la Unión Europea y las potencias emergentes en Oriente y, también, en cuestiones críticas como las de seguridad, protección del medio ambiente, emergencias sanitarias y la lucha contra el narcotráfico.

Nuestra región se comporta como un espacio de paz, capaz de resolver sus propios problemas sin interferencias externas.

La emergencia de China y otros nuevos centros dinámicos en la economía mundial es un hecho positivo porque amplía las fronteras de la proyección internacional de América latina.

Pero plantea, al mismo tiempo, el riesgo de reactivar el antiguo modelo centro-periferia que, en el pasado, nos subordino a la situación de proveedores de productos primarios e importadores de manufacturas y capitales. La estrategia conjunta frente a la nueva geografía de la economía mundial, resultante de la emergencia de China y otros países de Asia, es necesaria para evitar una renovada subordinación periférica.

No existe una secuencia cronológica entre las tres esferas de la integración. Es necesario avanzar, simultáneamente, en todas ellas.

Es decir, construir, a partir de la fortaleza de las densidades nacionales, una densidad bilateral, mercosureña y sudamericana, fundada en la inclusión social, la eficacia de los liderazgos, la consolidación de la democracia y el pensamiento crítico. Cada país tiene la globalización y la integración que se merece, en virtud de la fortaleza de su densidad nacional.

Cuanto más se consoliden las situaciones nacionales más fluidos serán los intercambios; cuanto más flexibles y realistas las normas, mejores serán las respuestas frente a los cambios en las situaciones nacionales y, finalmente, cuanto más solidaria sea la proyección conjunta en el escenario global, más libertad de maniobra tendrán las políticas nacionales y comunitarias.

Economista Aldo Ferrer, DIARIO BAE

 


Lunes, 11 de Febrero de 2013 10:49